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Autora: Ana Muñoz

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El cuerpo humano está continuamente expuesto a bacterias, hongos, virus y parásitos que se encuentran en la piel, boca, intestino, vías respiratorias, membranas que recubren los ojos y vía urinarias.

Muchos de estos agentes pueden llegar a ocasionar enfermedades si invaden los tejidos más profundos. Además, estamos expuestos de manera intermitente a otros virus y bacterias procedentes del exterior.

Por suerte, el organismo cuenta con un sistema de defensa frente a estos agentes infecciosos y tóxicos. Este sistema está formado por los glóbulos blancos (también llamados leucocitos).

Los glóbulos blancos

Los leucocitos o glóbulos blancos incluyen una serie de células que se forman en la médula ósea y en parte de los ganglios linfáticos. Después de producirse son transportados por la sangre a diversas partes del organismo, donde ejercen sus funciones. Son transportados específicamente a zonas donde hay inflamación, donde proporcionan una defensa rápida contra cualquier posible agente infeccioso.

En la sangre se encuentran seis tipos de glóbulos blancos: neutrófilos, eosinófilos, basófilos, monocitos, linfocitos y células plasmáticas. Los tres primeros reciben el nombre de granulocitos, debido a su aspecto granuloso. Además hay un gran número de plaquetas, que son fragmentos de un séptimo tipo celular localizado en la médula, el megacariocito. La función de las plaquetas consiste en activar el mecanismo de la coagulación de la sangre.

Los granulocitos y los monocitos destruyen directamente a los invasores mediante un proceso llamado fagocitosis.

Los linfocitos y las células plasmáticas funcionan principalmente en relación con el sistema inmunitario; sin embargo, algunos linfocitos también puedes destruir directamente a los invasores, acción semejante a la de los granulocitos y monocitos.

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