Autora: Ana Muñoz

Los conceptos de masculinidad y feminidad son realmente dañinos para ambos sexos porque no hacen más que fomentar el machismo. Se trata de conceptos vacíos, inventados por la sociedad, sin ningún valor ni significado. La mayoría de las personas ni siquiera sabe lo que es realmente ser una persona femenina o masculina. Es absurdo decir que la agresividad es masculina cuando puede darse en ambos sexos y es absurdo decir que la empatía es femenina cuando también puede darse en ambos sexos.

A las mujeres, en general, nos importa menos este escurridizo concepto. Cada una prefiere definirse tal y como es ella, dentro de un espectro amplio que incluye tanto características “femeninas” como “masculinas”. Las niñas actuales no suelen tener muchos problemas cuando quieren jugar con juguetes que, tradicionalmente, se han considerado de niños. Las mujeres no tienen problemas en llevar prendas de vestir parecidas a las de los hombres, si les resultan útiles.

Por el contrario, los hombres parecen estar todavía totalmente atrapados por el concepto de masculinidad. Escuchamos a niños rechazar un juguete o juego diciendo que “es de niñas”. Los mismos padres que dicen apoyar la igualdad entre los sexos y lo demuestran dejando que su hija juegue a juegos “de niños”, pueden reaccionar con rechazo si su hijo quiere jugar con muñecas.

Es decir, los hombres, desde niños, crecen dándole una importancia excesiva a la “masculinidad” y al hecho de ser “masculino” y lo definen como aquello que es lo opuesto a lo femenino. Es decir, lo femenino pasa a convertirse en algo malo, algo que hay que rechazar, algo temible que puede privarte de tu “esencia masculina” y, por tanto, destruirte. Así, aprenden a rechazar todo lo femenino. Y, por supuesto, de odiar y temer lo femenino a odiar y temer a las mujeres solo hay un pequeño paso.

Ese odio o miedo invade la sociedad por todas partes, a menudo de maneras sutiles: por ejemplo, esa tendencia que tienen muchos hombres a generalizar el comportamiento de una mujer a todas las mujeres; es decir, si una mujer hace algo que le molesta, reacciona diciendo: “así son las mujeres” en vez de decir: “así es esta persona concreta”. Este comportamiento de los hombres procede de esa exagerada importancia a lo masculino frente a lo femenino que les hace verlo todo en función del sexo de las personas. Es decir, estos hombres no ven un simple juguete para su hijo, sino un juguete de niño o de niña. No ven una simple prenda de vestir que les puede gustar, sino una prenda de mujer o de hombre. ¿Por qué los hombres no utilizan una prenda parecida a la falda o túnica de los antiguos romanos para ir a la playa, por ejemplo? Muchos lo harían si dejaran de obsesionarse tanto con lo masculino/femenino.

Por desgracia, este exagerada importancia de la masculinidad y esa obligación autoimpuesta a ser “masculino” hace mucho daño a las mujeres y a las relaciones entre los sexos. Como decía antes, la masculinidad es un concepto que no existe, no es real, es un invento de la sociedad que no tiene ningún sentido. Por tanto, ser masculino cuando apenas sabes lo que eso significa crea confusión e incertidumbre. Esa confusión la resuelven del siguiente modo: para ser masculino, tan solo rechaza lo femenino. Pero, ¿qué es lo femenino? Tampoco lo sabemos, es otro invento igual de absurdo. Así que lo femenino se convierte es cualquier cosa que hagan las mujeres o incluso en las mismas mujeres en general. Lo femenino y la mujer es lo que hay que odiar y rechazar porque puede destruir esa “masculinidad” que consideran tan importante para definir su identidad.

El machismo se origina en el odio a la mujer y este odio a la mujer seguirá existiendo mientras los hombres se empeñen en dar esa importancia excesiva a la masculinidad y en obsesionarse con ser masculinos en vez de limitarse a ser como son o como desean ser.

La verdadera igualdad entre sexos sucederá cuando los padres y las madres vean como normal que sus hijos jueguen con muñecas (o cualquier otro juguete “de niñas”), se pongan falda, se maquillen o lleven el pelo largo (y no les importe si alguien les pregunte si su hijo es niño o niña y se limiten a responder que es un niño, sin darle la menor importancia a la pregunta); cuando los hombres se vistan como quieran y escojan sus aficiones en función de sus propios gustos y no de si es masculino o no; cuando los hombres dejen de ver a una mujer como mujer y la vean tan solo como persona, sin tener en cuenta su sexo a la hora de juzgar su comportamiento, aptitud, etc.; cuando la sociedad, en su conjunto, deje de hablar de femenino/masculino y comprenda que las personas tenemos una amplia variedad de rasgos en nuestra personalidad y que el sexo biológico no tiene por qué determinar qué rasgos predominan en una persona.

Como vemos, el machismo empieza con los niños y la educación que les dan sus padres, la escuela y la sociedad en general. Si enseñas a un niño a rechazar lo femenino, lo “de niñas”, le estarás enseñando a rechazar a las mujeres. Si le enseñas que ser “masculino” es muy importante, le estarás enseñando que solo puede ser de una forma y que lo que se salga de esa norma es malo, peligroso, destructivo; y, dado que lo que se sale de esa norma es lo femenino y la mujer, le estarás enseñando a odiar y temer a las mujeres; le estarás enseñando a ver lo femenino como destructor de su masculinidad. ¿No es increíblemente absurdo? Creo que ya es hora de que la sociedad deje de tener tanto miedo a que los niños jueguen como muñecas.

Los niñ@s del futuro

Cuando la sociedad deje de estar tan obsesionada por dividir a las personas en función de su sexo, las niñas y niños pasarán a ser ambiguos. Llevarán el pelo largo o corto independientemente de su sexo, vestirán de modos parecidos, no podrá adivinarse su sexo por su forma de vestir, pelo, pendientes, etc. Muchos probablemente se divertirán jugando con esta ambigüedad, dejarán de darle importancia al hecho de ser un niño o una niña, se harán pasar por personas del otro sexo para jugar, para cambiar o para tomarle el pelo a los adultos; crecerán siendo personas de ambos sexos o de sexo cambiante y esto significa que, al llegar a la edad adulta, todas las personas habrán estado en la piel del otro sexo y las relaciones entre ellos serán mucho mejores porque no estarán marcadas por las diferencias en función del sexo sino por las afinidades entre personas, independientemente de su sexo.

Ese terror que tienen muchas personas a la ambigüedad en sus hijos no solo es absurdo sino también perjudicial y dañino.