Autora: Ana Muñoz

Una de las tareas más importantes que ha de emprender una persona consiste en conocerse a sí misma, descubrir esa mezcla de cualidades que la hacen única y la diferencian de los demás.

Una persona sabe muchas cosas acerca de sí misma. Puede decir que es sincera, honesta, perezosa, etc. Pero, ¿cómo llegamos a saber estas cosas sobre nosotros mismos? Es decir, ¿cómo construimos nuestro autoconcepto? La impresión que una persona tiene de sí misma está formada por dos componentes:

- El concepto del yo. Es decir, aquello que sabemos de nosotros mismos.

- La autoestima, es decir, cómo nos sentimos con nosotros mismos.

Ambos componentes se encuentran en constante evolución y cambio, a medida que las circunstancias de nuestras vidas y las experiencias cambian. Por muy bien que una persona crea conocerse, es posible que no sepa predecir cómo se comportará ante una situación totalmente nueva, como la maternidad, la jubilación, etc.

Cómo llegamos a conocernos a nosotros mismos

El autoconcepto es la totalidad del conocimiento que una persona tiene sobre sus cualidades personales. El desarrollo del autoconcepto es un proceso largo, y debido a que puede ir cambiando a medida que pasa el tiempo, podemos definirlo como un proceso que dura toda la vida. Conforme pasa el tiempo, vamos reuniendo información acerca de nosotros mismos a partir de diversas fuentes, que describimos a continuación:

1. Información procedente de nuestros pensamientos y sentimientos

Nuestra fuente más importante de autoconocimiento procede de nuestros propios pensamientos y sentimientos. Constituyen lo más privado de nosotros mismos y están menos sometidos a influencias externas que nuestras conductas. Una persona puede comportarse en público del modo que considera apropiado, pero interiormente puede estar sintiendo un gran deseo de gritarles a todos, y este sentimiento le aporta más información acerca de sí misma que su conducta. En una investigación (Andersen, 1984), un grupo de personas escuchó hablar a otras sobre sus pensamientos y sentimientos en diversas situaciones, mientras que otro grupo sólo escuchó a estas personas describir sus conductas en dichas situaciones. Los observadores del primer grupo (los que escucharon los pensamientos y sentimientos) desarrollaron impresiones que encajaban con más exactitud con el autococepto de las personas que hacían las descripciones, mientras que los que escucharon sólo descripciones de conductas desarrollaron impresiones menos acertadas. Esto nos indica la importancia de los sentimientos y pensamientos para obtener una impresión acertada no sólo de nosotros mismos, sino también de los demás.

Por tanto, pensar acerca de nuestros propios sentimientos y pensamientos en las diversas circunstancias de nuestra vida, es el mejor modo de entendernos y conocernos, y explicar dichos sentimientos y pensamientos a otra persona, en vez de centrarnos solo en describir hechos externos o conductas, permitirá a la otra persona entendernos y conocernos mejor.

2. Información procedente de nuestra conducta

Observar nuestra propia conducta supone también una fuente de información importante para desarrollar nuestro autoconcepto. Cuando una persona observa que grita y se enfurece con frecuencia, puede darse cuenta de que tiene algún tipo de problema o tal vez está en una situación de estrés excesivo. El adolescente que se apunta a una ONG con un amigo y observa que se siente bien participando, puede llegar a la conclusión de que le gusta este tipo de actividades altruistas.

Incluso las conductas imaginadas pueden servir para los procesos de autopercepción. De hecho, imaginarte a ti mismo/a haciendo una actividad determinada puede hacer que esa actividad te resulte más atractiva, porque las características personales relacionadas con dicha actividad se hacen más accesibles. O puede suceder justo lo contrario. Por este motivo, las personas a menudo se imaginan a sí mismas viviendo determinadas situaciones para tratar de descubrir cómo se sentirían en ellas.

Pero como el autoconcepto no es algo que solamente tengamos que descubrir, sino también algo que construimos activamente, podemos influir en él modificándolo. Por ejemplo, cuando una persona se visualiza a sí misma teniendo éxito en una determinada actividad, tiene más probabilidades de tener éxito. En un estudio (Hall y Hardy, 1991), se vio que cuando los participantes se visualizaban teniendo un buen rendimiento en el tiro con arco, sus puntuaciones mejoraban. De este modo, no solo observamos y descubrimos quienes somos, sino que también nos moldeamos a nosotros mismos.

Por lo general, extraemos información de nuestra conducta solo cuando los indicios internos (pensamientos y sentimientos) son débiles y cuando no nos encontramos presionados por la situación. Además, las personas están más dispuestas a sacar conclusiones a partir de las conductas que han elegido libremente y las realizan porque desean hacerlo (motivación intrínseca), y no por alguna recompensa o presión externa (motivación extrínseca). En cambio, cuando se lleva a cabo una conducta que está dirigida por la motivación extrínseca, es probable que la persona pierda el placer de realizarla. En un estudio realizado por Mark Lepper y sus colegas (1973) se dio a un grupo de niños de entre tres y cinco años unos rotuladores para que dibujaran. Después de haber dibujado durante seis minutos, algunos niños recibieron un certificado de buen jugador que se les había prometido con anterioridad; otro grupo recibió el certificado sin esperarlo; y el tercer grupo no recibió nada. Una o dos semanas después, se colocó los rotuladores en el aula de los niños y se les permitió utilizarlos en su tiempo libre. Se midió el tiempo que cada niño usó los rotuladores, como una medida de su motivación intrínseca. Los resultados mostraron que los niños que habían recibido la recompensa prometida con antelación estuvieron dibujando la mitad de tiempo o menos que los otros dos grupos. Es decir, los niños observaron su conducta y al verse a sí mismos dibujando cuando se les había prometido una recompensa, debieron llegar a la conclusión de que dibujaban por la recompensa y no por el placer de hacerlo, de modo que su motivación para dibujar disminuyó.

Por tanto, las recompensas externas pueden deteriorar la motivación intrínseca, sobre todo cuando se perciben como sobornos que pretenden controlar externamente nuestra conducta, en lugar de recompensas que demuestren un buen rendimiento.

3. Las reacciones de otras personas

Una fuente importante de autoconocimiento procede de las reacciones de los demás ante nuestro comportamiento. Estas reacciones funcionan como una especie de espejo que refleja nuestra imagen para que nosotros la podamos ver a través de los ojos de otra persona.

Por ejemplo, un niño o niña superprotegido por sus padres puede considerarse débil, y una persona rechazada puede considerarse alguien sin valor. Cuando los maestros y otras personas les decían a los niños repetidas veces que eran cuidadosos y limpios, los niños llegaban a ser más cuidadosos y limpios (dejaban menos residuos a su alrededor) que aquellos a los que se les dijo que debían ser cuidadosos y limpios. Es decir, las expectativas de los demás pueden influir tanto en nuestra conducta como en nuestro autoconcepto, pues los niños descritos como cuidadosos incorporaron esta característica a su sentido del yo, considerándose a sí mismos cuidadosos y actuando en consecuencia. Mientras que los niños a quienes se les dijo que debían serlo, lo vieron como una imposición externa. Las personas prefieren realizar las cosas por motivaciones intrínsecas antes que por imposiciones externas.

4. Comparación social

Los pensamientos y sentimientos sobre uno mismo pueden surgir también de las comparaciones con los demás. Debido a que las personas desean evaluarse con precisión, buscan a otros similares a ellos para compararse. Por ejemplo, si juegas moderadamente bien al baloncesto, te compararás con una persona con una habilidad similar a la tuya, no con un jugador profesional. Es frecuente que las personas se comparen con los de su mismo sexo, edad, etc. De este modo se revelan los atributos únicos que nos distinguen de nuestros iguales, y que las personas usan para construir un sentido único de sí mismas. Por este motivo, las características minoritarias (como pertenecer a una raza minoritaria, ser homosexual, etc.), se tienen más presentes a la hora de definir quienes somos.

Por ejemplo, los niños que llevan gafas usan este atributo para describirse a sí mismos, mientras que los que no las llevan no se describen a sí mismos como "sin gafas". La comparación social permite a las personas construir un autoconcepto que les dé una fuerte sensación de ser únicos y distintos.

La complejidad del yo

Conforme vamos reuniendo información sobre nosotros mismos, nos damos cuenta de que en nuestro interior parece haber diferentes tipos de "yo". Vemos que algunas de nuestras conductas, pensamientos y sentimientos dependen de con quién estemos, de lo que estemos haciendo o de dónde nos encontremos. La mayoría de las personas actúan de modos diferentes si están en el trabajo que si están con amigos o con su familia. Una persona puede ser exigente y autoritaria en el trabajo, por ejemplo, pero flexible y tolerante con sus hijos.

Cuando las personas se dan cuenta de esto, organizan la información de sí mismas en función de los diferentes roles, relaciones o actividades que realizan. Así, una persona puede describirse diciendo que en el trabajo es organizada y meticulosa, y en casa es divertida y charlatana.

El número y diversidad de aspectos del yo que las personas desarrollan en diferentes roles, actividades y relaciones, recibe el nombre de complejidad del yo. Una persona con baja complejidad del yo se definirá a sí misma de modos muy parecidos en diferentes situaciones y utilizará menos categorías, mientras que una persona con alta complejidad del yo se describiría de modos diferente y en muy diversas situaciones.

Por ejemplo, alguien con una alta complejidad del yo podría describirse del siguiente modo:

  1. En las relaciones. Extrovertido, divertido, flexible, maduro, seguro, emotivo, competitivo.
  2. Con los amigos. Gracioso, relajado, seguro, individualista, extrovertido, bondadoso.
  3. En clase. Tranquilo, estudioso, organizado, maduro, laborioso.
  4. Con la familia. Individualista, emotivo, divertido, maduro, seguro, no convencional.
  5. A solas. Tranquilo, individualista, laborioso, organizado.

Y una persona con una baja complejidad del yo podría definirse del siguiente modo:

  1. En la residencia de estudiantes. Relajado, divertido, gracioso, imaginativo, desorganizado.
  2. En casa. Relajado, gracioso, no estudioso, afectivo, irresponsable, divertido.
  3. En las actividades. Relajado, seguro, afectuoso, imaginativo, extrovertido, colaborador.

Como puede verse, la persona con alta complejidad del yo se ve a sí misma con cinco aspectos del yo diferentes, formados por características bastante distintas. La otra persona describe sólo tres aspectos del yo que, además, tienen una mayor similitud entre ellos.

Construir un autoconcepto coherente

No basta con reunir información acerca de nosotros mismos. Debemos construir nuestro autoconcepto a partir de piezas de información que pueden ser dispares y contradictorias. A veces, las distintas partes pueden no encajar. Una persona puede mostrarse atrevida y extrovertida en ciertas situaciones, y tímida en otras. Puede estar relajada y tranquila con determinadas personas, pero mostrarse sumamente impaciente y nerviosa estando con otras.

Sin embargo, los diversos aspectos del yo de una persona deben ensamblarse para formar un todo coherente. Para lograr esto, las personas utilizan diversas estrategias, que veremos a continuación.

1. Accesibilidad limitada

Los diferentes aspectos del yo están asociados con situaciones y personas específicas. Y son esas situaciones y personas las que los activan. Cuando eso sucede, las personas se centran en el rol activado en ese momento, quedando el resto fuera de su vista; es decir, no accesible. Esto permite a una persona sentirse cómoda en un rol, aunque implique características muy diferentes o incluso opuestas a las que presenta cuando se activa un rol diferente. En cambio, cuando sucede algo que activa dos roles contradictorios al mismo tiempo, las personas se suelen sentir incómodas. Por ejemplo, si eres muy diferente en tu rol de trabajador/a y en tu rol de padre o madre, es posible que te sientas incómodo/a si tu hija pequeña va a visitarte al trabajo, pues con tu hija muestras un comportamiento muy diferente del que muestras en el trabajo.

2. Memoria selectiva

La reconstrucción de un yo coherente puede producirse borrando las contradicciones (memoria selectiva).

Por ejemplo, si en una situación te muestras extrovertido y en otra introvertido, puedes pasar de un yo a otro (por ejemplo, del introvertido al extrovertido) centrándote en los recuerdos e información de ti mismo en momentos en los que hayas sido extrovertido, olvidando momentáneamente el resto de los recuerdos. De este modo, la persona se siente coherente a través del tiempo.

3. Atribución

Es posible que los demás te hayan dicho a veces que eres una persona variable. Por ejemplo, pueden decirte tus compañeros de trabajo que eres una persona mandona y dominante en ciertas ocasiones y flexible y tolerante en otras. Sin embargo, seguramente tú no pensarás que eso indica que eres variable, pues responderás que es lógico que te muestres mandón y dominante cuando estás a cargo de un equipo de trabajo ("pues alguien tiene que decir lo que hacer y organizar las cosas"), pero te muestras flexible y tolerante cuando estás realizando una tarea de forma individual o en un equipo dirigido por otro. Es decir, la mayoría de las personas atribuye su propia conducta a las circunstancias, más que a rasgos estables de su personalidad (esto les permite interpretar conductas contradictorias como resultado de situaciones contradictorias, no como resultado de una personalidad contradictoria o variable); en cambio, la mayoría de las personas atribuye la conducta de los demás a características de personalidad estables, más que a las circunstancias externas, de modo que vemos a los demás como más variables e inestables que a nosotros mismos.

4. Selección de rasgos claves

Las personas pueden desarrollar un sentido unificado y coherente de su yo centrándose en algunas pocas características especialmente importantes y destacadas que creen que los caracterizan de un modo único entre los demás y de un modo uniforme en las diversas situaciones. Por ejemplo, una persona puede considerarse sincera en cualquier situación o circunstancia e independientemente de con quien se encuentre. Es decir, se trata de un rasgo que forma parte de todos sus aspectos del yo. Si a esta persona se le pregunta si es sincera, responde a esta pregunta con más rapidez que el resto, y rechaza rápida e intensamente cualquier intento de oponerse a esta descripción.

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